El otro lado de la vida. {Lavender}

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El otro lado de la vida. {Lavender}

Mensaje por Invitado el Lun Dic 31, 2012 6:24 pm

10:05 AM en el Centro Comercial del Linlcon Square

A pesar de que eran las diez de la mañana, había convencido a mi hermana para ir hacía el centro comercial a que el servicio técnico del hipermercado me arreglase aquel reproductor de música que se me estropeo una noche mientras estaba escribiendo en el ordenador en mi casa. Lo vi injusto que, de pronto, se me apagase el reproductor de color negro y de tamaño pequeño. Me había costado bastante conseguirlo pues estaba castigada ese día y no me iban a comprar nada... hasta que apareció el reproductor en mis ojos. Me había hinchado a llorar de berrinches al ser una chica que siempre necesitaba música para llevar su día a día. Me fastidiaba ver ese reproductor en esa caja de plástico y envuelto en ese plástico perfecto; conservaba la caja y el plástico por si acaso se estropeaba como ahora.

Bajé del coche tras un viaje aburrido y sin ninguna conversación con mi hermana mayor. A veces, Susan podía ser todo una tumba y quedarse callada sin ningún tema en particular pero ella era uno de mis pilares de apoyo cuando me encontraba mal o me pasaba algo que necesitaba contarle.. ella y yo eramos inseparables y siempre nos contábamos todo.
Cerré la puerta pero Susan bajó la ventanilla para decirme que me dirigiese hacía el hipermercado y que luego, cuando acabase de fumar, me llamaría para saber donde estaba y venir conmigo. Yo solo asentí y, agarrando bien mi bolso negro con forma de tumba y el nombre de mi grupo de rock favorito (Metallica), caminé hacía la entrada de aquel gran centro comercial donde, por lo menos, tendría tres plantas llenas de tiendas de ropa, drogería, ocio, etc.

Subí al ascensor después de entrar en ese gran centro comercial lleno de gente. Hoy no era una fecha muy peculiar, pues era un día normal de un verano normal.. pero, aun así, a la gente le encantaba venir a este centro comercial. Había observado, mientras caminaba hacía el ascensor, que había personas de todo tipo y, sobretodo, clones y máquinas. Había de todo hoy pero en este centro comercial, al no ser mal visto, podían pasar toda la diversidad que quisiesen.. y eso me parecía excelente pues, a pesar de que los clones y las máquinas eran distintos a nosotros, pertenecían a este mundo y tenían derecho estar en este lugar y en todos el mundo.
Tuve suerte de que el ascensor bajase vacío pero justamente cuando entré en ese pequeño ascensor donde la mitad eran cristaleras para ver el exterior del centro comercial -este tipo de ascensor me daba algo de miedo-, entró una alta y esbelta mujer, de cabellera rubia y una mirada algo fría. Le dejé pasar, pulsando el botón del ascensor para que no se cerrase la puerta, y cuando estuvo dentro, solo la mire con una sonrisa y la típica pregunta que hacía todo el mundo cuando tenía compañía en un sitio como este.

- ¿A donde subes? Yo voy a la segunda planta.
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Re: El otro lado de la vida. {Lavender}

Mensaje por Invitado el Mar Ene 01, 2013 8:31 pm

Ivo siempre había sido un gran coleccionista de ciertos tipos de objetos peculiares, y una de sus colecciones más preciadas era la de globos terráqueos. Tenía cientos, de todos tamaños, colores y materiales. Muchos eran viejísimos, remontándose su fecha de creación a varias décadas cercanas al comienzo del siglo XX, y por tanto los cuidaba con mucha dedicación, sobretodo uno de sus favoritos, el más frágil de todos, uno de cristal que dentro tenía un pequeño foco que, al encenderse, impregnaba la habitación de límites geográficos, cadenas montañosas y palabras escritas con una caligrafía de estilo gótico. Ese ejemplar contaba con unos cincuenta años y había sido un regalo de Lavinia. De más está explicar el por qué de su devoción respecto al objeto que había pertenecido a uno de sus más grandes amores y obsesiones.
Lavender tenía permiso para disfrutar de cada una de las colecciones de Ivo. Ella era la señora de la casa, en teoría, y podía manejarse allí dentro como se le antojara y podía tomar cualquier tipo de decisión excepto cualquiera que estuviera relacionada con los mecanismos de seguridad, ya que su prometido temía que lo desactivara e intentara escapar. Por lo demás, ella tenía permitido vagar por cada habitación sin problema alguno, aunque prefería quedarse encerrada en su cuarto la mayor cantidad de tiempo posible, o en el invernadero que se hallaba contiguo a la gran mansión. Sin embargo, esa tarde se encontraba extrañamente ansiosa, tal vez fuera porque ese mismo día había sido estresante para Ivo y se mostraba preso de un terrible mal humor que la convirtió en el blanco de todos sus maltratos. Naturalmente, a la mujer le tensaba mucho ese tipo de situaciones e intentaba por todos los medios escapar de la vista del hombre sin mucho éxito porque era en esos días en los que más él la necesitaba.
La frustración del hombre a veces era tan intensa que no podía contenerse a la hora de contestarle de mala manera a la mujer o echarle la culpa de todas las cosas. Físicamente le brindaba un trato brusco, sin llegar a golpearla (sólo lo hacía cuando estaba realmente enojada), pero sí sacudiéndola y sujetándola de los brazos fuertemente. Las cosas se podían complicar para ella si no le obedecía, y era primordial tener cuidado y ceder a cada capricho.
En ocasiones, era demasiado difícil complacer a Ivo, a la hora de aceptar cierto tipo de ultraje al que Lavender no se encontraba dispuesta. Era entonces el momento de estallido de un hombre necio que la torturaba psicológicamente hasta reducirla a un llanto inquebrantable y una angustia que le robaba el brillo de su mirada. La mujer no tenía más opción que esconderse y evitar el trato con su compañero.

El día anterior, luego de una fuerte pelea, que pronosticaba un mal final para ella, Lavender se metió a la primera habitación que encontró para dejar de oír a su aprehensor, quien con dificultad la seguía con su silla de ruedas escupiendo una sarta de comentarios denigrantes. La sala en la que ahora representaban aquella escena era la de los globos terráqueos, y ella se situó exactamente al lado de la pieza de cristal, sin darse cuenta, con un abrecartas en la mano derecha para defenderse (sabía que las cosas continuarían mal). Ivo comenzó a reírse cínicamente ante el intento de Lavender a lo que ella respondió con un simple movimiento que hizo que acabara con el objeto cortante sobre la piel nívea y suave que recubría su garganta, haciendo que el hombre se retractara, desesperado, con temor a perder a su única razón de vivir. Sin tener éxito en su intento por persuadirla, se acercó estrepitosamente a ella con su silla de ruedas y sin querer hizo que la mesa que sostenía el globo terráqueo de Lavinia tambaleara y dejara caer el objeto.
Nervios de por medio, él se contuvo para echarle la culpa a la muchacha y simplemente dejó que se marchara para pasar toda la tarde en esa misma habitación con los restos de su tesoro en las manos.
Estaba devastado, nervioso, y se sentía impotente. Era perderla a Lavender, a quien amaba con locura o dejar ir el recuerdo de Lavinia con esas pequeñas acciones, esos pequeños accidentes. No, él no estaba dispuesto a perder ninguna de las dos cosas, en su demencia sólo quería conciliar ambas partes y tenerlas sólo para él. Por ese momento, las cosas le estaban saliendo bastante mal.

Al día siguiente, Lavender no bajó a desayunar, por lo que Ivo, con renovado humor, y una sonrisa cálida en el rostro, le propuso un paseo en el que ella iría a comprar otro globo terráqueo similar al que se había roto ayer, en un bazar muy conocido de un centro comercial en Lincoln Square. Los ojos de la muchacha se le llenaron de luz con la sola idea de poder salir un rato, aunque sea unas horas, para sentir aire fresco y nuevo, y ver otros rostros. Hacía más de dos meses que no salía de la mansión y que sólo se rodeaba por las paredes frías de la estructura o el verde monótono de los jardines. Eso no le bastaba, a un pájaro con las alas mutiladas. Y sabía que tendría que ir acompañada, pero no le importó, con tal de verse fuera de esa prisión por un rato.

Se preparó en cuestión de quince minutos y corrió hasta el automóvil que el chofer conduciría. El empleado estaba advertido y tenía que constatar que Lavender no saliera del centro comercial sola. Tendrían que tardar entre tres y cuatro horas, o sino ambos tendrían problemas.
Las condiciones ya poco le importaban, teniendo en cuenta lo apresada que estaba. Cualquier cosa era buena a la hora de dejar de ver el mismo escenario una y otra vez.

Al llegar a destino, ella se apresuró para bajar del auto y le dedicó una sonrisa dulce a su chofer. El hombre se sintió un poco confundido, dado que tenía terminantemente prohibido intercambiar palabras o miradas con ella, por lo que se mantuvo inexpresivo mientras le daba una mirada rápida al reloj como para aclararle que tenía que cumplir con los horarios tal como su amo le había indicado. Sí, ella más que nadie sabía las consecuencias que tendría que soportar si desobedecía a Ivo, así que no se molestó en responderle al hombre.

Ingresó al edificio y se tomó todo el tiempo del mundo para vislumbrar detenidamente cada vidriera. Tenía el permiso de comprar cualquier cosa que ella deseara, pero hasta el momento no se había decidido por nada; simplemente prefería caminar sin rumbo e intercambiar miradas con desconocidos, o sentir el bullicio provocado por los demás compradores. Eso era lo más cerca que tenía para experimentar la libertad. No tenía que rendirle cuentas a Ivo (al menos no en ese preciso instante, porque en la cena tendría que responder un estricto interrogatorio) ni mostrarse limitada por un hombre que era su dueño.

En un tramo en especial de su camino había visualizado a una chica rubia con una apariencia alegre y agradable, algo que le hizo sonreír, como lo haría cualquier persona que sale a la luz luego de un derrumbe. Lavender misma tenía una especie de sonrisa en el rostro, aunque sus ojos mostraban una tristeza evidente. Se dio cuenta de este hecho en cuanto vio su semblante reflejado en un espejo y esa distracción hizo perder de vista a la muchacha de expresión agradable, hasta que volvió a encontrársela en el ascensor, cuando la desconocida en cuestión la esperó amablemente.
Lavender sonrió en cuanto escuchó su voz y, con un tono suave y bajo respondió: -No lo sé muy bien. Busco el bazar, ¿sabes dónde se encuentra? Tal vez estemos dirigiéndonos al mismo lugar.
Tenía ganas de iniciar una conversación interminable sólo para saber qué se sentía tratar con otra persona que no fuera Ivo.
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