Cinco minutos de fama para unos, cinco minutos de suplicio para otros. | Privado.

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Cinco minutos de fama para unos, cinco minutos de suplicio para otros. | Privado.

Mensaje por Invitado el Dom Ene 13, 2013 7:28 pm

Estaba a punto de cumplirse el mes de Julia en Chicago.
Ya había conseguido un apartamento bastante cómodo cerca de la casa de Frederick, su medio hermano, para poder controlarlo más de cerca y hacer de los encuentros algo casual y habitual. La idea de poder cruzarse con él en cualquier momento, sin tener que forzarlo, le divertía a sobremanera. Se imaginaba la cara de su hermano en cuanto la viera cruzando la misma calle que él estaba por atravesar, o saliendo de compras al mismo centro comercial. ¿Acaso no era divertido molestar a la persona que más odiaba en el mundo sin siquiera esforzarse? Oh, pocas cosas le causaban el mismo deleite que poder ser la piedra del zapato de esas personas que ella odiaba.

Pero también, Julia se divertía de otras maneras que no implicaban a su hermano.
A decir verdad ella era una completa sinvergüenza, una muchacha que jamás pensaba las cosas dos veces. Simplemente se plantaba donde quería y hacía lo que quería, así de simple, sin muchas vueltas, sin complicaciones. Lo que más le gustaba era divertirse de manera espontánea, con ideas que salen de la nada, tal vez por una apuesta o algo así. Las excusas que encontraba para ponerse en ridículo eran, en su mayoría, ideas de último momento, alguna propuesta de un tercero que quería ver hasta dónde era capaz de llegar aquella extraña chica inglesa de rostro angelical y espíritu endemoniado. Y ella lo sabía. Ella sabía lo atrayente que era, lo bien que se le daba engatusar a la gente y lo mucho que le agradaba a sus conocidos reírse a costa de ella, aunque lo que más le gustaba era hacer pasar vergüenza a otros, disfrutar de la humillación ajena, reírse de las caras sonrojadas y los titubeos propios de un ataque de nervios. Cuando el coctel estaba compuesto por diversión, extravagancias y humillación ajena, una sonrisa se le dibujaba en el rostro, mostrando sus impecables y afilados dientes que recordaban a cualquier vampiro rebelde. Y cuando a todo eso se le sumaba un desafío impuesto por otra persona, todo tomaba un color mucho más interesante.

Durante la tarde de esa misma noche Julia ya se estaba preparando para una de sus locuras. Sabía qué aventura le esperaba y también sabía que aquello le permitiría tener las miradas de terceros encima.
Naturalmente, ese día había despertado de muy buen humor, recordando que le debía una prenda a un hombre de unos treinta y tres años, dueño de un bar en West Side. Su nombre era Anthony Mulhollen y tenía un aspecto muy interesante. Alto y de contextura física grande, tenía un andar varonil y manos enormes. Sus ojos verdes iluminaban su rostro excesivamente pálido que a su vez contrarrestaba con la oscuridad profunda de su cabello. La nariz demasiado recta, los labios demasiado finos y escondidos entre una espesa barba que le confería un aspecto de leñador de esos que sólo salen en las películas más cuidadas de Hollywood. Cuando Julia lo vio por primera vez, supo que aquel hombre era de su tipo (al igual que el noventa y nueve por ciento de los hombres) y que tenía que ser suyo, al menos un par de veces.
El encuentro se hizo en la primera visita de la inglesa al bar del estadounidense descendiente de irlandeses, cuando ella le pidió a la camarera que el trago que había pedido se lo alcanzara aquel hombre de porte tan magnífico que hacía tareas contables detrás de la barra. La empleada, algo anonadada, le pidió que aguardara un segundo mientras veía qué podía hacer, y Anthony, un hombre de mal genio en cuestiones prácticas, alzó la mirada en cuanto la camarera le indicó con el dedo y se encontró con los ojos más lascivos que alguna vez había visto. Por primera vez, el hombre no refunfuñó quejándose de los clientes que traían problemas de más.
Esa misma noche, la joven Blaust durmió en la casa del señor Mulhollen, y entre besos, sudor y suspiros, llegaron a conocerse y a hacerse amigos, descubriendo que ambos tenían el mismo sentido del humor y la misma necesidad de humillar a otros.
Fue en la cama de Anthony que comenzó un juego de prendas, donde uno intentaba superar al otro con la propuesta más ridícula o divertida, siendo la pequeña joven de ojos color mar la que siempre ganaba con sus ocurrencias a la hora de proponer y con su valentía a la hora de cumplir. El hombre estaba encantadísimo con ella y la carencia de miedo que ésta tenía, y luego de unas semanas de juego, se le ocurrió invitarla a cantar frente a todos los clientes de su bar y hacer lo que se le antojara la gana. Julia, obviamente aceptó encantada, teniendo la posibilidad de hacerse ver y mostrar sus cualidades artísticas, las cuales ciertamente existían pero nadie se interesaba por ser una tediosa joven que sólo encuentra placer en molestar y herir a los demás.
Anthony era diferente. Y le gustaba Julia. Y le gustaba ver a los demás debajo de los pies de ella, por lo que le dio la libertad de hacer lo que quisiera en el obsoleto escenario que juntaba polvo en un rincón de su tienda.

***

Como era normal en ella, Julia llegó tarde a la hora del espectáculo.
Se justificó ante Anthony con un apasionado y vacío beso, y luego le entregó la pista de música que había traído especialmente para presentar aquella noche. Cantaría sólo una canción, o tal vez, como mucho dos, pero no más que eso, puesto que no tenía intenciones de ser el arlequín de los asiduos del bar. Ella sólo quería llamar la atención, y con cinco minutos de fama le bastaba.
Se dirigió, sin más, al escenario, con paso acelerado y sin intenciones de ser amable con el público. Llevaba un vestido rojo corto hasta las rodillas, medias largas color rojizo y unos zapatos clásicos negros con tacos altísimos. Su cabello suelto y lacio decoradocon un tocado vintage negro y una pulsera dorada en forma de cadena de eslabones inmensos. En su mano izquierda un anillo gigantesco negro. El maquillaje resaltaba sus larguísimas pestañas y sus labios estaban pintados con una tonalidad casi igual a la de su vestido, y de la misma manera estaban coloreadas sus uñas.
Su estilo desprendía un aire vintage. Se la veía encantadora, con su rostro angelical, dando la impresión de ser una niña disfrazada como una mujer grande, tal vez con la ropa de su madre. Definitivamente, al aparecerse de repente vestida de esa manera, llamó la atención del público por completo, y con una sonrisa que dejaba entrever sus dientes blanquísimos, sonrió como si fuera tímida, aunque interiormente ya no conservara una pizca de pudor.



La música comenzó a sonar, cubriendo los murmullos de los clientes, y ella acompañó la melodía con un movimiento cadencioso de caderas y manos. La luz que la iluminaba relampagueaba en su cabello oscuro a medida que se sacudía, su piel inspiraba un aire espectral de tan nívea que se percibía, sus largas piernas la mostraban imponente, sus rodillas juntas, su cabeza seguía el ritmo y de vez en cuando dejaba ver su cuello de cisne, tentador para cualquier animal deseoso de sangre.
Su voz, suave y aterciopelada, casi de niña y a la vez sensual brotó de sus labios carmesí. La versión de Julia era diferente a la de Lesley Gore, pero por mucho resultaba ser más interesante, más hipnótica, escuchándose al principio tranquila, monótona e intensa para desembocar en un pasaje eufórico, casi agresivo pero que nunca caía en una orquesta de alaridos, sino que se sentía como la voz de una sirena enfurecida, incapaz de perder la clase ni por un solo momento.

La interpretación de la letra era exagerada, repleta de señales con el dedo índice hacia distintos individuos del público, que por supuesto, eran todos hombres.
No tardó mucho en tomar el micrófono y bajarse del escenario para empezar a caminar por las mesas y sugestionar a las personas a las que se acercaba, sentándose en el borde de las mesas o enfocando su mirada con el ceño fruncido, haciendo escuchar sus reproches. Se la veía encantadora, haciendo la actuación perfecta, sin caer en la monotonía o en lo burdo, provocando las sonrisas de las víctimas que ella elegía para poner su atención.
A último momento se acercó a una mesa alejada que alojaba a un joven solitario de aspecto peculiar que le recordó a la pequeña Julia burlándose de sus compañeros de primaria, esos estúpidos sabelotodo que la trataban con fingida soberbia mientras las rodillas les temblaban cuando se encontraban con la mirada fría de la niña.
Como si estuviera en una cacería, sonrió de la misma manera que si hubiera visto a un ciervo indefenso al alcance de la mano, y encontró el momento apropiado para hacer reír a Anthony, por lo que se subió primero a la silla vacía continua a la de su presa para llegar a la superficie de la mesa y se ensañó con él de tal manera que no despegó su mirada enojada e indignada (todo ficticio, sólo por seguir la interpretación) de los ojos de su víctima.

And don’t tell me what to do
Oh, don’t tell me what to say
And please, when I go out with you
Don’t put me on display

I don’t tell you what to say
Oh, I don’t tell you what to do
So just let me be myself
That’s all I ask of you…


Julia no dejó de bailar por un segundo subida a la mesa de ese cliente que, probablemente se quejaría más tarde con Anthony por tal falta de respeto (ya lo imaginaba y le costaba continuar debido a lo gracioso que le resultaba la representación mental), y a último momento hasta se atrevió a tomar con su mano derecha el mentón del joven segundos previos de terminar la canción.

Cuando la música dejó de escucharse, se oyeron los aplausos a medida que, agitada, se arrodillaba en la mesa y sonreía, triunfal agradeciendo con semblante arrogante al público.
Para rematar, una vez agradeció sacudiendo el brazo izquierdo, se adueñó de la bebida del joven que tenía en frente para calmar la garganta.

Información:
Julia


La cartera y el saco no los usa en la escena (ni sé para qué lo puse en el collage xD) pero bueno, hay que imaginarla así apenas llega al bar.

Respecto al bar, no he encontrado imágenes interesantes, así que me limitaré a decir que tiene un estilo pub irlandés, y es bastante amplio. La clientela es bastante variada, hay humanos y clones por igual y el ambientes es tranquilo, no es sólo para hombres rudos, sino para parejas y posiblemente alguna que otra familia. Las luces son tenues, la paleta de colores es clásica, verde y tonos inspirados en maderas, la música es relajada. El escenario está a un rincón y está un poco olvidado porque hace tiempo que no tocan bandas.

El tema se llama You don't own me, interpretado originalmente por Lesley Gore, en el año 1964.
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